ABISMOS

El trabajo pictórico de Cecilia Hecht se ubica en la tendencia que se ha dado en llamar "figurativa" porque es alusiva a formas natu­rales. Dicha tendencia ha cobrado gran ímpetu en los últimos años, y marcó su apoteosis recientemente con la exposición de las obras de Lucian Freud en el Museo Metropolitano de Nueva York. Pero esta figuración contemporánea no se impone en contraposi­ción con la tendencia abstraccionista que ha predominado en las artes plásticas actuales, sino que sigue inscrita junto a ella como una alternativa más, no sólo por lo que hay en ella de "expresio­nista", sino y, sobre todo, por lo que tiene de "conceptual". Por­que el artista plástico de nuestra época actúa sin freno, transita cualquier medio, explora, inventa, descubre o redescubre lo que sea, que pueda servirle para mostrar su versión del espíritu de nuestra época.

Convertida en cosa, ser en sí, materia inerte, geografía en vez de historia, la figura humana se ofrece como campo abierto a la experimentación y a la exploración por sus complejas y exhuberantes formas, vericuetos, cavidades y protuberancias, abismos y cimas que interesan al artista contemporáneo, más para la fabulación que para la figuración propiamente dicha.

Quizás por eso Cecilia persiste insistente en el paisaje humano. Pieles plagadas de caminos sin salida, rugosas como troncos holla­dos por el tiempo y el olvido. Superficies erosionadas por infa­mias, surcadas por el paso milenario de sudor y lágrimas. Vapores enclaustrados por sombras que migran diligentemente hacia la luz para empañarla. Esta vez Cecilia mostró preferencia por los ros­tros, pero no para referirse a ese o aquel específico, individual, si­no como recipientes de oscuras reverberaciones, de misteriosos impulsos que le infunden una fuerza sorpresiva y recurrente. Sepa­radas de su contexto natural, el cuerpo, se presentan como  extra­ños engendros atormentados y atormentadores que parecieran no poder salir de ella, tan frágil y serena. Debe haber un inmenso y callado aullido de dolor que bulle en su seno hasta lograr salir triunfante de su encierro.
Volver sobre sí misma. No se trata solo de regresar sino de recrear para encontrar nuevos hilos de conexión entre el presente y el pa­sado. Un pasado que se sumió en tinieblas condenado a ser traga­do por el agujero negro de la memoria, con el visto bueno de victimarios y víctimas en lo único que pudieron estar de acuerdo: ambos necesitaban olvidar para poder reconstruir sus vidas. Ella se encarga de descorrer la cortina.

Esta nueva muestra de Cecilia es aún más sobrecogedora que Um­brales. Con más seguridad se atreve a atravesarlos y, esta vez, tran­sita resueltamente por los espacios abismales, cuya novedad había logrado mantener en suspenso todo juicio durante medio siglo. Ya no. Porque, como no se hizo nada para contener la capacidad ina­gotable de hacer el mal que tiene el ser humano, el evento que de­bió ser irrepetible se convirtió, más bien, en modelo a seguir. Cecilia ve crecer, sobre la tierra de todos los continentes, inmensas manchas de sangre inocente, a despecho de las "buenas intencio­nes", demasiado escuálidas y débiles, quizás porque solo han sido diseñadas para ser utilería del gran teatro de este siglo .

Esta podría ser una de las múltiples lecturas de su presente entrega. Las imágenes se repiten incansablemente. Ningún cuadro es igual al anterior, pero en su secuencia, los productos de nuestras angus­tias se asoman desde sus encierros, como si pretendieran arrojarse sobre nosotros, como si los ojos huecos que nos observan desde cada marco, no fueran sino espejo de la mirada vacía que está en los rostros nuestros. Función del espectador a la que ha sido con­denado el hombre común de nuestros días, cada vez más despro­visto de capacidad para cambiar el rumbo de su destino.

Nos sobrecogen y nos emplazan, no con sus quejas, sino con su silencio del que surgen como inmensas llamas lacerantes todas las interrogantes. Hay un cambio de dirección en la mirada. En vez de ser nosotros quienes los vemos a ellos desaparecer tras la bruma, comprendemos, repentinamente, que son ellos quienes se detie­nen a vernos pasar. Su mirada nos persigue a medida que pasea­mos, aparentemente sosegados de un cuadro al siguiente, de una a otra caja, ventanilla, cadalso ... Seremos nosotros los que nos vamos y ellos los que nos observan, aterrados, como si supieran lo que no sabemos qué nos espera? Acaso son ellos los que se apiadan de nosotros?

Imágenes que podrían haber sido tragadas por la tierra en el mis­mo momento en que terminara de existir el último sobreviviente, se han convertido más bien en legado, en herencia cruel para sus descendientes. El silencio de los progenitores, que callaron, no ha servido para protegerlos del sufrimiento. En cada noticia del peri6-dico local, en las tremendas imágenes televisadas que muestran tantos desmanes multitudinarios, la memoria del hijo del sobrevi­viente se activa.

Nada serviría mejor para exhumar lo inenarrable, que las artes plásticas. Por algo Kafka envidiaba al pintor, que de una sola vez, en un único espacio limitado, logra expresar lo que desea, a dife­rencia del escritor que necesita explayarse en multitud de pala­bras; así, lo fundamental puede perderse en los vericuetos de la razón, puesto que implica proceso, mediatez; ver, en cambio, es el cheque instantáneo con la evidencia.

Además, como piensa Elie Wiesel, hablar en si es casi una profanación. Aún no se han inventado las palabras. Lo que sucedió no tiene nombre. Esta novedad abruma al hombre con el peso ago­biante de millones de gemidos que no tienen eco.

Cecilia Hecht trabaja en profundidad. Cada intersticio del papel lo somete a torturas de tatuajes y arañazos. Pinta cicatrices, se afana en no dejar ningún espacio virgen, lo convierte en especie de vie­jo tapiz oriental horadado milímetro a milímetro. Rompe definiti­vamente con el tabú, abre el candado del silencio impuesto en su infancia, desmitifica el horizonte trágico de su hogar paterno al hacerlo patente y partícipe de nuestra historia en la que aún per­manece la discriminación de los unos ante la indiferencia de los otros, los que no se detienen a pensar.

Así es como el pasado revive en las violencias del presente, hasta llegar a nuestro continente. Ya no hay mapa de nación que no esté cubierto de caras asustadas y dolientes, de cadáveres convertidos en pedruscos. Allí están multiplicándose a la espera ...

                                                                                                                          Marianne Kohn Beker

Cecilia's pictoric work belongs to what is known as the "figurative" tendency because it alludes to natural shapes. Having gained great momentum over the past years, this tendency was highlighted by the recent exhibition of Lucian Freud's work at the New York Metropolitan Museum. However, this contemporary figuration does not prevail at the expense of abstractionism, which has been predominant in current art, but rather stands next to it as yet another alternative, not only because of its "expressionist" features but because, and mainly due, to its "conceptual" elements. Because the artist of our times act freely, using any means of expression, exploring, inventing, discovering or rediscovering whatever may be useful to illustrate his version of the Zeitgeist of our times.

Turned into a thing, being in itself, inert matter, geography instead of history, the human figure stands as a field open to experimentation and exploration given its complex and exuberant shapes, its intricate cavities and bulges, abysses and summits, which are of interest to the contemporary artist for fabrications of the mind rather than figuration.

This is perhaps why Cecilia insistently persists on the human landscape. Skins full of dead end road, wrinkled like trunks treaded by time and forgetfulness. Surfaces eroded by infamy, furrows left by year old traces of sweat and tears. Vapors concealed by shadows swiftly migrating towards the light to overcast it.

On this occasion, Cecilia preferred faces, not for specific, individual reference but as the recipients of obscure reverberations, of mysterious impulses instilling a surprising and recurring strength. Separate from their natural context, the body, they take the appearance of strange tormented and tormenting creatures. It seems impossible they should spring forth from her, so fragile and serene. An immense and silent wail of pain must be teeming inside her, until able to triumphantly break free of its prison.

To turn back into herself. Not only to return, but to recreate so as to find new threads connecting past to present. A past sunken in darkness, doomed to be engulfed by memory's black hole, condoned by victims and murderers as the only thing they could agree on: the need to forget in order to be able to rebuild their lives. She unveils the past.

This new stage of Cecilia's work seizes us with even greater awe than Umbrales (Thresholds). She dares to cross them with greater assurance and, this time, she resolutely walks through the abysmal spaces which, unexpected and unknown hitherto, left any judgment suspended for half a century. No longer. Because nothing was done to contain mankind's unending ability to inflict harm, the event which should have been impossible to repeat became, rather, a model to be followed.

Cecilia watches as huge spots of innocent blood blot the land on all continents, despite excessively feeble "good intentions", perhaps because they have been devised merely as stage props for the huge performance of this century.

This could be one of the many interpretations of her work. Images are untiringly repeated. No painting is like the other, but through their sequence, the creations of our anxieties look out from their confinement, as if ready to jump on us, as if the hollow eyes staring at us from every frame were nothing more than the mirror of the empty look on our faces. Role of spectator to which the ordinary man of our time has been doomed, increasingly devoid of the ability to change the direction of his destiny.

They overwhelm and confront us, not with their complaints, but with their silence, from which all questions arise like huge searing flames. There is a change of direction in the look. It is no longer us watching them disappear behind the mist. Suddenly we understand that they are stopping to watch us walking by. Their eyes follow us as we stroll, seemingly calm, from one painting to the next, from box to box, window, prison... Could it be us leaving, while they watch us in terror, as if knowing what we ignore lies in store for us? Is it them having pity on us?

Images which could have disappeared with the last survivors have rather turned into a legacy, a cruel heritage for their offspring. The silence of parents who chose not to speak has not protected them from suffering. Every news item in local papers, the terrible scenes on our screens depicting so many other multitudinous excesses, activate the memory of the survivor's child.

Nothing better than fine arts to exhume the unspeakable. Not in vain did Kafka envy the painter able to express all he wishes at once, in a single and limited space, as opposed to the writer who needs endless words; thus, what is essential may be lost in meanderings of reason, as it implies a process, meditation; to see, however, is the instant shock of evidence.

Also, as Elie Wiesel feels, to even speak is almost a profanation. Words have yet to be invented. What happened cannot be described. This unprecedented situation crushes mankind under the unbearable weight of millions of wails left unanswered.

Cecilia Hecht works in depth. She subjects every interstice of paper to the torture of tattooing and scratching. She paints scars, she endeavors not to leave any unused space, she turns it into a kind of worn oriental rug engraved inch by inch. She resolutely breaks the taboo, she unlocks the silence imposed during her childhood, she demystifies the tragic horizon of her paternal home by bringing it into our history. A history in which discrimination still persists, met by the indifference of those who do not pause to think.

Thus the past revives through the violence of the present, and reaches our continent. No longer is there a map not covered by faces filled with fear and sorrow, of corpses turned into stone. Their growing presence silently awaits us...

 

             Marianne Kohn Beker