Cecilia Hecht: Un grito entre sonámbulos

Es lógico que ante la sobreabundancia del mal, el hombre opte por la más obvia de todas las salidas: hacer que su corazón lo ignore. Solo de esta manera puede comprenderse que millones de familias coman mientras ven el noticiero todos los días a la misma hora, que las películas de violencia batan récords de taquilla, que nadie vomite cuando ve en la pantalla a miles de niños que mueren de hambre a pocas horas de distancia.

Nos hemos insensibilizado, y es comprensible. No solo insensibilizado ante el horror, sino también ante el exceso de información, pues de lo contrario acabaríamos todos dementes y vivir sería imposible. Insensibles somos también ante lo que está sucediendo con el planeta como ecosistema global. Y es que para seguir viviendo hay que olvidarlo todo y seguir adelante como si nada, quien recuerde el horror es un aguafiestas, porque de lo que se trata, en este fin de siglo, es de pasarla bien. Para apreciar la magnitud del cambio, compárese esta situación con la de la época romántica, cuando era IN la sensibilidad a flor de piel. Hoy eso está tan pasado de moda, tan mal visto, que en los Estados Unidos el antidepresivo Prozac ha tenido un éxito desmesurado pues -y esto es admitido por los mismos psiquiatras que lo recomiendan - adormece ligeramente la sensibilidad de los pacientes, dándoles la euforia propia de los yuppies tan necesaria para el éxito en una sociedad ultra competitiva y volcada al triunfo, la figuración social y la fanfartonerla.

No escapa el arte de este adormecimiento general. De hecho, ninguna de las tendencias imperantes en la plástica contemporánea -y lo mismo podría decirse de la literatura - hace del alma y de la emoción profunda su verdadera razón de ser. El arte tiende o bien a ser bello, decorativo y grato a los ojos, o a provocar y sorprender. Arte del primer estilo se vende bien pues es adecuado para ser exhibido en los hogares, los bancos y las oficinas de ejecutivos importantes. Arte del segundo estilo no vende tanto porque tiende a ser demasiado extravagante y difícil de apreciar, encuentra su lugar más apropiado en los museos y, también ahí, suele provocar comentarios positivos por parte de la crítica. Mientras que en un principio quienes hacían este tipo de arte eran marginados, desde hace una o dos décadas ellos también han sido asimilados por el sistema y pasado a formar parte de lo que está de moda, lo IN, lo generalmente aceptado por la sociedad.

Difícil es encontrar artistas como Cecilia Hecht que logren evitar caer en uno u otro de estos dos grandes lineamientos del arte contemporáneo, que renuncien a los modos aceptados de ser y de comportarse dentro de su esfera. Se espera de un artista o bien que cree obras hermosas, o bien que sea un bicho raro, pero no que desnude su alma ante la mirada del público, no que recuerde a gritos los horrores cotidianos que todos quieren ignorar. Ardua hoy es la tarea de emprender una obra que no sea ni hermosa, ni decorativa, ni posmoderna, ni de mal gusto, ni siquiera ridícula, sino simplemente desgarradora, profunda, conmovedora.

En un mundo como el descrito, dominado por las fuerzas del mercado y de la promoción personal, en un mundo en el que tanto o más importante que sabe pintar es saber venderse, en un mundo en el que a nadie le gusta que le recuerden ciertas cosas, hay que tener valor para realizar una obra como la que Cecilia Hecht acaba de exponer en la Galería Felix. Obra tremendamente dolorosa, difícil de ignorar, desoladora . Obra que sin mostrar un caso de violencia en particular, los engloba a todos, recordándonos la existencia del Mal sobre el planeta.

Son las de Hecht almas que han estado en el infierno, visto el Mal de cerca y regresado para contarnoslo. Sus rostros son ojos que aúllan, ojos paralizados en un grito de espanto y también ojos sorprendidos hasta la náusea por no poder comprender el mal. Y es que el verdadero Mal no tiene razón de ser, es gratuito, ocurre porque el, sin razón, nacido de la nada y con el único y solo fin de ser lo que es. Quizá en nuestro siglo haya hecho acto de presencia el mal como quizá nunca antes, aunque quien lo recuerde sea un aguaflestas. Pero contra la corriente general de in. sensibilidad, unos pocos conservan el corazón a flor de piel, afortunadamente, pues poco valdría nuestra especie si nadie llorara por los pecados cometidos.

Cecilia Hecht tiembla ante el horror y no lo calla, no consigue cerrar los ojos, porque hay cosas que un alma sensible no puede olvidar. Y vuelca todo su espanto y su dolor en lienzos ricos en texturas y matices, además de ensentimientos. Lo que ella hace con su dolor es arte, arte del que lleva mayúscula, arte que ciertamente no deleita a los sentidos, ni gusta a las señoras chic, ni combina con el último sofá en boga, pero que, en cambio, tiene algo importante que decirnos, aunque ese algo no esté de moda. Su trabajo, sin embargo, lleva las de ganar, porque al no ser un antojo pasajero, ni un capricho del mercado, será una obra duradera y permanente, tan buena hoy, como dentro de veinte años o de doscientos, cuando las modas que hoy nos infatuan hagan reír a nuestros tataranietos.

 

Mori Ponsowy

Cecilia Hecht: A scream among sleepwalkers


 

It is logical that where evil abounds, mankind would opt for the most obvious way out: ignore it. That is way we can understand that millions of families have dinner as they watch the news at the same time every night, that violent films break all box office records, and that nobody throws up when they see thousands of starving children a few hours away.

We have become desensitized, and it is understandable. We have become desensitized to horror, and also to the excess of information. If not, we would all go crazy and life would be impossible. We have also become desensitized to what is happening to our global ecosystem. In order to continue living we must forget all and continue on as if nothing were happening. He who remembers the horrors is the "party-pooper", because having a good time is what it is all about.

In order to appreciate how things have changed, let's compare today with the romantic era, in which it was "in" to wear your heart out on your sleeve. That is so out of style, so undesirable, that in the United States the anti-depressive drug Prozac has had a resounding success. The psychiatrists admit that this prescription lightly numbs the patient's sensibilities, giving them the euphoria that typifies the "yuppies" and that is required to make it in an ultra-competitive, success-driven, bully society.

Art does not escape this general lethargy. None of the tendencies of contemporary plastic arts - and literature as well, - make the soul and deep emotions their motivation. Art tend to be beautiful, decorative and pleasing to the eye, or to provoke and surprise. The first style of art sells well because it is appropriate for exhibiting in homes, banks and the offices of important executives. The second style doesn't sell as well because it tends to be extravagant and difficult to appreciate. It finds a more appropriate place in museums, where it gets positive remarks from the critics. Even though there was a time when these artists were excluded, in this past decade or two, they have also been assimilated into the system and have become a part of what is in vogue, "in", accepted by society in general.

It is very difficult to find artists like Cecilia Hecht that can avoid falling into one or the other of these great definitions of contemporary art, that renounce to the accepted ways on being and behaving in their circles. We expect an artist to create something beautiful, or produce something weird, but not to bear their souls before the public gaze, not to loudly remind us of the daily horrors we all try to ignore. It is a difficult task today to produce a work that is not beautiful, or decorative, or postmodern, or tasteless, or ridiculous, but simply heart-wrenching, deep, moving.

In a world like that we have described, dominated by the force of the market and personal promotion; in a world where selling oneself is as or more important than knowing how to paint; in a world where nobody likes to be reminded of certain things you must be brave to create art like the once Cecilia Hecht exhibited at the Felix Gallery. It is a painful work, difficult to forget, devastating. It is a work that without pointing to one act of violence in particular, encompasses them all and reminds us of the existence of evil in this planet.

These are Hecht's souls that have been in hell, have looked at Evil in the eye and returned to tell us about it. Their faces are howling, their eyes are paralyzed in a scream of horror and are eyes that have been surprised to the point of nausea because they cannot comprehend such evil. And true Evil has no reason for existence, and it comes free, just because, for no reason, born out of nowhere and with the only purpose of being. Maybe in our century Evil has shown its face like never before, even if he who remembers it is called a party pooper. But against the common current of desensitizing, a few still have their feelings ready to show. This is fortunate, because our species would be worth very little if nobody cried for sins committed.

Cecilia Hecht trembles before horror but is not silent, and does not close her eyes because there are things she cannot forget. She pours all her fears and pain on the canvas, rich in textures, tones and feelings. She makes art out of her pain, art with a capital letter. Art that certainly does not please the senses, is not enjoyed by the 'chic' crowd, will not match with your trendy couch, but that has something to say to us, even if it is not in style. Her work, nonetheless, has all it needs to succeed, because it is not a passing whim, a caprice of the market. It is a lasting and permanent work, as good today as it will be in twenty or two hundred years, when the fads that we now follow will make our great grandchildren laugh.

Mori Ponsowy